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El Cauca nos obliga a abrir la mente: adiós a nuestro simplismo, bienvenida la complejidad

¿Y qué tal si hacemos del Cauca un gran experimento nacional en complejidad y pensamiento complejo?

Me explico: mi amigo Alberto Mendoza, que tiene gran experiencia en mediación y solución de conflictos, vive casi obsesionado con el tema de la complejidad, y al escucharlo me doy cuenta de que, si algo le ha enseñado esa experiencia, es que el primer paso para abordar y resolver un conflicto de cualquier naturaleza (desde los familiares hasta los políticos) es no pelear con la idea de complejidad, no tratar de forzar lo que es complejo en moldes simples y cuadrados, sino aprender a sentirnos a gusto en medio de esa complejidad, aprender a movernos en ella, a experimentar con ella y a no tenerle miedo. Me recuerda mucho una de mis frases favoritas de Wittgenstein, la cual cito con mucha frecuencia, y que dice que para hacer filosofía lo mejor es descender al caos y aprender a sentirse a gusto en él. 

Y habiendo prestado mucha atención a los debates sobre la crítica situación del Cauca, me parece ver una cierta actitud persistente, sobre todo en el Gobierno y en sectores de lo que podríamos llamar el establecimiento central: la de querer forzar a toda costa el problema del Cauca dentro de moldes extraordinariamente simples. 

Moldes fáciles de entender, formalistas, de clara lógica, y que calzan perfectamente en el ordenamiento jurídico (concepto muy valioso pero en cuya veneración a veces nos excedemos). Como esos moldes son fáciles de entender, nos dan tranquilidad; se vuelven nuestra zona de confort. Repetimos y repetimos que tiene que prevalecer la legalidad, que no hay extraterritorialidad en el Estado colombiano, que la culpa es del narcotráfico, etc. Y así, tratando de meter lo que es irreductiblemente complejo en moldes simples, vamos a seguirle fallando al Cauca, como le hemos fallado tal vez desde 1819. 

Ejemplo de simplificación: “es el narcotráfico”. Lamento decirles que la violencia en el Cauca, y los conflictos sociales, y la pobreza y la marginación, son muy anteriores al narcotráfico. Desde la fundación de las Farc, ellas tuvieron presencia muy activa en esa zona que va del norte del Cauca al Huila; ¿no tuvo allí su asiento principal el M-19? ¿Han oído hablar de la insurrección de Quintín Lame (1914)? Todo esto antes del narcotráfico, de la marihuana creepy, del cartel de Sinaloa, y todo lo demás. No niego que estos elementos estén avivando el conflicto con dinero, con armas, con intereses. Pero creer que ellos son su única raíz es una ilusión casi infantil. Si el narcotráfico desapareciera mañana del Cauca, no desaparecerían de ese territorio los conflictos. 

Otra simplificación: “son las disidencias”. Claro que ellas son un factor inmediato de la violencia actual, pero no son su raíz, y al igual que sucedería con el narcotráfico, muchos conflictos quedarían vivos en el Cauca si mañana desaparecieran Mayimbú y sus criminales. Esos conflictos se transformarán, como han venido transformándose dos siglos.

Tercera simplificación: “no hay extraterritorialidad para la jurisdicción del Estado colombiano”. Sí, como principio general esto es claro y tal vez inobjetable. Pero pasemos del papel a su aplicación práctica y empiezan a surgir las grietas. A la ya conocida incapacidad material del Estado para imponer esa jurisdicción que está en el papel, se suman otros elementos que sería necio desconocer. El principal es que, en siglos de ausencia (o de presencia ingrata) del Estado, los grupos humanos van construyendo sus propias dinámicas de vida, y estos ordenamientos espontáneos, que no están en ningún papel, tienen mil veces más fuerza que la proclamada jurisdicción del Estado, pues esta no aparece en la práctica, mientras que las formas espontáneas de organización social son la vida práctica misma, son la vida diaria. Y esto es más cierto en el caso de las comunidades indígenas, cuyos modos de organización social tienen elementos que son incluso anteriores a la existencia del Estado colombiano. 

Pararse junto a la bandera y declarar solemnemente que no puede haber territorios vedados para el Estado (quien por cierto nunca los ha ocupado) es simplemente desconocer la realidad, y desconocerla por el hecho de que es compleja, y le tememos a la complejidad y sus consecuencias. 

Ni un millón de militares resolverían el problema del Cauca (aunque yo sí creo que la presencia militar es necesaria para que haya otro tipo de presencia estatal). Ni siquiera la erradicación de cultivos lo va a lograr. 

¿Qué tal si ensayamos dejar atrás nuestros moldes formalistas, y hacemos del Cauca un experimento en el manejo político de la complejidad? 

Empecemos por admitir que lo de la jurisdicción del Estado, si bien es claro en el papel, es muy variable y diverso en su aplicación práctica. ¿Por qué no buscar formas alternativas de ejercicio de la jurisdicción, que reconozcan realidades lícitas del terreno? (no las ilícitas, no es cuestión de pactar con traficantes). No parecería que el resguardo, como forma de jurisdicción indígena propia del orden jurídico colombiano, hubiera por sí sola resuelto el asunto (más bien parece haber creado tensiones y relaciones transaccionales): ¿por qué no buscamos maneras de que el Estado se apoye en quienes sí ejercen jurisdicción efectiva mediante su vida social organizada y lícita, es decir las comunidades, sobre todo las indígenas? “Tienen que dejar entrar al ejército” es ya una fórmula agotada, y además es simplista (y usualmente, en ciertos círculos, deriva en “es que son amigos de la guerrilla”). 

No sé cómo se estructurarían esquemas de este tipo en los detalles, pero la idea en el fondo es esta: reconozcamos que las formas jurídicas y constitucionales se quedaron cortas para lograr un gobierno efectivo (o como dicen ahora “gobernanza”) de territorios esencialmente complejos como el Cauca: territorios donde hay antecedentes muy arraigados de violencia, de exclusión y de desconfianza, pero donde hay también antecedentes de vida social funcional y autónoma: como eso no cabe en nuestros moldes queremos hacerlo caber por la fuerza, pero eso no va a pasar. Deberíamos, más bien, entrar en ese mundo que nos parece un caos, entenderlo, conocerlo, aprender a vivir en esa complejidad. Parte de eso, se me ocurre, es que el Estado se apoye en las comunidades para llegar al territorio, pero que llegue escuchando y entendiendo, no dictando. Entender esos ordenamientos espontáneos en vez de arrancar de la desconfianza hacia ellos; entender que son, de hecho, vida social organizada, cosa que es más fuerte y perdurable que cualquier documento de papel sellado. 

El Cauca podría ser un laboratorio. Podría serlo también La Guajira. Podría pensarse en regímenes especiales cuyos detalles, de nuevo, escapan a mis cortas capacidades, pero cuya orientación sea la de no querer someter la complejidad de lo real a nuestros moldes jurídicos de prístina lógica. Un país como Colombia no puede gobernarse con la pretensión de una juridicidad absolutamente coherente. Posiblemente ningún país, pues los hechos fundamentales de la vida social son la diversidad, la complejidad, y la organización espontánea. Pero muchos menos un país tan diverso y amplio como Colombia.

El Cauca nos obliga a abrir la mente: adiós a nuestro simplismo, bienvenida la complejidadUn saludo también a mi contertulio Constantino Villegas, quien no se cansa de tachar de enfermedad nuestro afán de simplificar las cosas.

 

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